D. era un chico atractivo, grandote y ocurrente. Tenía teorías como que los platos deberían ser comestibles, o que el olor a pata era por la mala onda de no pisar la tierra. Era de esos tipos capaces de regalarme una canción o trucos de magia llenándome de ternura y seducción. Quizás para sostenerla, era que necesitaba desaparecer luego de cada encuentro. Y así, lentamente, se iba cubriendo de un misterio que ni a través de años permitió que lo conociera de verdad.
Nos cruzamos en tiempos del 1 a 1 cuando yo aprovechaba para regresar a Brasil, y así elegí Barra da Lagoa: un pueblito de pescadores pintoresco, cosmopolita que parecía ser, para mí, algo así como el mismo paraíso. Un lugar casi mágico donde lo más cotidiano tenía sabor a extraordinario.
Yo tomaba una caipirinha cuando lo vi, haciendo malabares con fuego, en el medio del cielo azul. Me llamó la atención cuando descubrí que hablaba en castellano, y me lo quedé mirando... viendo sus tatuajes asomar por debajo de la nuca.
Después fuimos con mi amiga a bailar a Makakus, donde luego fue él, que de una ola de caras, empezó a acercarse a mí, mirándome bien directo.
“Soy D.” me dijo entre trago y trago y salimos a caminar por la orilla del mar como si estuviéramos en medio de una película romántica. Después comenzó a llover y preguntó si me molestaba mojarme, pero nunca antes la lluvia me había parecido tan adorable. Y nos quedamos horas...caminando... mirando las estrellitas que se disparaban en un charquito de agua en la arena.
D. viajaba desde hacía cinco meses, trabajaba de varias cosas y vivía (a veces) en zona Sur. ¿Quién iba a imaginar que nos íbamos a conocer allá, tan lejos y tan cerca del barrio?. Me contó que estudiaba cine, había probado peyote y ya conocía casi todo Latinoamérica. Nos refugiamos bajo un techito y fue la primera vez que fumé hashís. Todo parecía tan hermoso... Nos encontrábamos sin planearlo por la playa, bajo el sol. Me sentaba a su lado para que me contara historias de viajes y personajes, y yo me quedaba fascinada... dejando maravillada que me llevara a su mundo...
A los días me enteré, por la novia de verano (porque estaba la de invierno) de su amigo uruguayo que D. ya se volvía. No me podía perder semejante evento y como no le gustaban las despedidas, fingí que estaba de casualidad sacando fotos a los barquitos, mientras las abejas se prendían a mi vestido lleno de flores. Él regresaba a Bs.As., por problemas de salud, y cuando le di el teléfono prometió recordarlo sin anotarlo jamás.
Después de esa tarde, lloré tanto hasta quedarme dormida. Pensé que nunca más lo volvería a ver, que seguramente tendría novia, que lo de memorizar el número era imposible...
Lo de la novia, es el día de hoy que no lo entiendo, pero el mismo día que yo le había dicho que estaría de regreso en Bs.As., sonó el teléfono. D.
Combinamos para encontrarnos en una plaza, cerca de la estación. Tomamos una cerveza pero me fui temprano. Esa noche venía M. a mi casa, un chico que estaba conociendo. Así que me acompañó a comprar una prepizza sin nunca saber para qué. Yo estaba viéndome con tres chicos (sí, tres): D. de Brasil, M. el amigo de Nadina y R. el amigo de Laura. Me había instaurado el primer encuentro sexual como punto de definición. Aún suponía que debía coger sólo con uno; y que además eso implicaba el comienzo de una relación en serio (!!!!....?)
La semana siguiente nos volvimos a encontrar. Fuimos a un bar antiguo y bonito, frente a la plaza Dorrego donde pasaban tangos. Él cantaba “ya se que estoy piantao, piantao, piantao...” y yo lo miraba, deseando que de una vez por todas me besara...
Todo parecía fotográfico, como cuando volvíamos en el auto y pasamos por una calle sin luz. Podía verse, a lo lejos, cómo se dibujaba un túnel en la oscuridad, recortándose entre los árboles. Después nos besamos y aparecí de pronto sentada en sus piernas. No cogimos. Nunca entendí por qué. Me dejó en mi casa y quedamos en hablar.
Días después, decidí quedarme con R. (el más prometedor) con quien meses después terminamos nuestra relación en Uruguay, un fin-de-semana-largo en el que no pudimos resistir la con-vi-ven-cia. Así que a D. nunca más lo vi. Hasta una tarde. Tocó el timbre de mi casa y me llenó de sorpresa. Había pasado más de un año y lo único que sabía de él era que se había mudado. Salimos a caminar y nos contamos las novedades. D. había sido papá, de una nena hermosa que tenía su misma nariz. Por mi parte, le conté de la facultad, del calendario maya, y que había expuesto en un bar la foto con la que aquella tarde lo eternicé.
Pero el destino nos cruzaba una y otra vez, como en zigzag, inexplicablemente. El verano que viajé al Norte, mientras esperaba en Humahuaca mi regreso a Bs.As., vi a su amigo E. Sí, el mismo que en Brasil trabajó en la crepería a quien yo le preguntaba por D. cuando ya no estaba. Me dijo que D. estaba en Córdoba, en casa de sus padres. Quise ir a buscarlo. La plata no me alcanzaba así que me volví a casita. Esa misma tarde lo llamé por teléfono, pensando no encontrarlo. Pero me atendió. Y de la emoción corté inmediatamente. En dos segundos sonó mi teléfono. Era él. También creyendo que aún yo no había regresado. ¿Cómo supo que era yo quien lo llamaba? nunca me lo pudo explicar, ni siquiera aquella mañana cuando después de hacer el amor adivinó el número y color en que estaba pensando. “Disfrutalo”, me decía mientras me hablaba de mariposas en la panza...
También hubo tiempos de envidia, por esa mujer que había logrado quedarse con él, el barrilete piantao que decía que nunca se iba a casar. Me la imaginaba dulce y bella desde la tarde que vi sus collares colgando del espejo y terminé durmiendo en su cama. Pero ¿estaba con D.? Según él, al tiempo se separaron, pero con los años descubrí que jamás estuvieron juntos.
Así pasaban los años. Él cambiaba de casa, de banda, de estado civil y de trabajo. Fue peluquero de mascotas, chofer de una ambulancia, D.j., repartidor de golosinas, bombero voluntario. Nos veíamos de vez en cuando, mientras yo trataba de enamorarme de otros tipos que iba conociendo. No hubo novio al cual no engañara con D. Incluso a N., que taaaan bien me trataba, le planteé terminar la relación porque ya no soportaba sentir que D. estaba al otro lado de la cama.
Era como un tornado. Pasaba por mi vida con tal ferocidad, que luego quedaba todo destruído. Y nunca podía decirle que no, nunca podía resistirme a un encuentro con él. Lloraba, lo deseaba, pensaba en él hasta casi desvanecerme. Como aquella noche, en las épocas que salía con S. y colaboraba en el centro cultural, se apareció detrás de la barra para darme un beso de película y salir corriendo. No hacía otra cosa que brillar por su ausencia. Aparecía y desaparecía. Cada vez que me proponía olvidarlo, me lo cruzaba por la calle o se le ocurría visitarme. Sufría. Sufría odiando que si soñaba con él, al otro día me llamara por teléfono en el mismo instante que se me cayera el plato o se quemara una lamparita. Sufría odiando creerle cada vez que me prometía empezar una relación. Pero después me dejaba colgada, esperando una llamada o plantada en una esquina. Se excusaba con alguna cosa... con su ex mujer que le hacía quilombos... con un incendio que lo sorprendió... con un amigo que lo necesitó de urgencia... Así se fue convirtiendo en el Bombero Loco, aquel que prometía rescatarme en brazos por una ventana, cada vez que estaba por prenderme fuego. Como la primera vez que hicimos el amor, tirados en un sillón viendo nuestros cuerpos flotar. Él estaba ahí, tan presente, tan dentro mío. Sus manos gigantes mapeando mi cuerpo, y pude ver, por segundos, todas mis vísceras arder.
Con el tiempo todo fue cambiando. Yo me mudé a capital y creí que nos habíamos perdido rastro para siempre. Pero no. Él me había estado buscando y un día me vio mientras dejaba galletitas en el kiosco de la vuelta. Conoció el departamento y relato va, relato viene, mi novio L. estaba en Corrientes definiendo su relación amorosa a distancia. Y sí, otra vez el bombero dándome fuego.
Tiempo después sus amigos tocaban a la vuelta de mi casa. Yo estaba –una vez más- mal de amores. Me hizo reiki mientras le contaba que había terminado mi relación con H. Pensé que estábamos siendo amigos, de esos que se aconsejan sobre el amor con otros, cuando me sentí nuevamente atraída por él. “Sos la primera persona que conozco que se excita con esto” me dijo mientras queríamos conservar la cordura. Así que mientras se ponía la campera yo me desnudaba ofreciéndome toda. A ver la banda fuimos. Pero volvimos pronto para dormir juntos, muy juntos.
Al tiempo me recibí y lo invité a la fiesta. Fue la primera vez que amigos míos pudieron confirmar su existencia. Hasta el momento el bombero loco era casi una leyenda... un personaje de esos que hacen historia sin que nadie los vea. Hasta aquí. Esa noche. D. estaba, vivía, respiraba y se reía como una persona más. Quizás por eso es que me llené de miedo y por mucho tiempo no quise saber nada más de él. No fue el miedo a enamorarme ni a quererlo... sino quizás el verlo tan real.
Lo último que recuerdo de él, es una sensación rara, una mezcla de amor y miedo, casi inefable de que dejara de ser tan fantástico, casi mitológico. Porque esa sería la verdadera manera de perderlo a este personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces: perderlo como tal. Perderlo como personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces.... perderlo como tal... y entonces perderlo como personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces... perderlo como tal.
Nos cruzamos en tiempos del 1 a 1 cuando yo aprovechaba para regresar a Brasil, y así elegí Barra da Lagoa: un pueblito de pescadores pintoresco, cosmopolita que parecía ser, para mí, algo así como el mismo paraíso. Un lugar casi mágico donde lo más cotidiano tenía sabor a extraordinario.
Yo tomaba una caipirinha cuando lo vi, haciendo malabares con fuego, en el medio del cielo azul. Me llamó la atención cuando descubrí que hablaba en castellano, y me lo quedé mirando... viendo sus tatuajes asomar por debajo de la nuca.
Después fuimos con mi amiga a bailar a Makakus, donde luego fue él, que de una ola de caras, empezó a acercarse a mí, mirándome bien directo.
“Soy D.” me dijo entre trago y trago y salimos a caminar por la orilla del mar como si estuviéramos en medio de una película romántica. Después comenzó a llover y preguntó si me molestaba mojarme, pero nunca antes la lluvia me había parecido tan adorable. Y nos quedamos horas...caminando... mirando las estrellitas que se disparaban en un charquito de agua en la arena.
D. viajaba desde hacía cinco meses, trabajaba de varias cosas y vivía (a veces) en zona Sur. ¿Quién iba a imaginar que nos íbamos a conocer allá, tan lejos y tan cerca del barrio?. Me contó que estudiaba cine, había probado peyote y ya conocía casi todo Latinoamérica. Nos refugiamos bajo un techito y fue la primera vez que fumé hashís. Todo parecía tan hermoso... Nos encontrábamos sin planearlo por la playa, bajo el sol. Me sentaba a su lado para que me contara historias de viajes y personajes, y yo me quedaba fascinada... dejando maravillada que me llevara a su mundo...
A los días me enteré, por la novia de verano (porque estaba la de invierno) de su amigo uruguayo que D. ya se volvía. No me podía perder semejante evento y como no le gustaban las despedidas, fingí que estaba de casualidad sacando fotos a los barquitos, mientras las abejas se prendían a mi vestido lleno de flores. Él regresaba a Bs.As., por problemas de salud, y cuando le di el teléfono prometió recordarlo sin anotarlo jamás.
Después de esa tarde, lloré tanto hasta quedarme dormida. Pensé que nunca más lo volvería a ver, que seguramente tendría novia, que lo de memorizar el número era imposible...
Lo de la novia, es el día de hoy que no lo entiendo, pero el mismo día que yo le había dicho que estaría de regreso en Bs.As., sonó el teléfono. D.
Combinamos para encontrarnos en una plaza, cerca de la estación. Tomamos una cerveza pero me fui temprano. Esa noche venía M. a mi casa, un chico que estaba conociendo. Así que me acompañó a comprar una prepizza sin nunca saber para qué. Yo estaba viéndome con tres chicos (sí, tres): D. de Brasil, M. el amigo de Nadina y R. el amigo de Laura. Me había instaurado el primer encuentro sexual como punto de definición. Aún suponía que debía coger sólo con uno; y que además eso implicaba el comienzo de una relación en serio (!!!!....?)
La semana siguiente nos volvimos a encontrar. Fuimos a un bar antiguo y bonito, frente a la plaza Dorrego donde pasaban tangos. Él cantaba “ya se que estoy piantao, piantao, piantao...” y yo lo miraba, deseando que de una vez por todas me besara...
Todo parecía fotográfico, como cuando volvíamos en el auto y pasamos por una calle sin luz. Podía verse, a lo lejos, cómo se dibujaba un túnel en la oscuridad, recortándose entre los árboles. Después nos besamos y aparecí de pronto sentada en sus piernas. No cogimos. Nunca entendí por qué. Me dejó en mi casa y quedamos en hablar.
Días después, decidí quedarme con R. (el más prometedor) con quien meses después terminamos nuestra relación en Uruguay, un fin-de-semana-largo en el que no pudimos resistir la con-vi-ven-cia. Así que a D. nunca más lo vi. Hasta una tarde. Tocó el timbre de mi casa y me llenó de sorpresa. Había pasado más de un año y lo único que sabía de él era que se había mudado. Salimos a caminar y nos contamos las novedades. D. había sido papá, de una nena hermosa que tenía su misma nariz. Por mi parte, le conté de la facultad, del calendario maya, y que había expuesto en un bar la foto con la que aquella tarde lo eternicé.
Pero el destino nos cruzaba una y otra vez, como en zigzag, inexplicablemente. El verano que viajé al Norte, mientras esperaba en Humahuaca mi regreso a Bs.As., vi a su amigo E. Sí, el mismo que en Brasil trabajó en la crepería a quien yo le preguntaba por D. cuando ya no estaba. Me dijo que D. estaba en Córdoba, en casa de sus padres. Quise ir a buscarlo. La plata no me alcanzaba así que me volví a casita. Esa misma tarde lo llamé por teléfono, pensando no encontrarlo. Pero me atendió. Y de la emoción corté inmediatamente. En dos segundos sonó mi teléfono. Era él. También creyendo que aún yo no había regresado. ¿Cómo supo que era yo quien lo llamaba? nunca me lo pudo explicar, ni siquiera aquella mañana cuando después de hacer el amor adivinó el número y color en que estaba pensando. “Disfrutalo”, me decía mientras me hablaba de mariposas en la panza...
También hubo tiempos de envidia, por esa mujer que había logrado quedarse con él, el barrilete piantao que decía que nunca se iba a casar. Me la imaginaba dulce y bella desde la tarde que vi sus collares colgando del espejo y terminé durmiendo en su cama. Pero ¿estaba con D.? Según él, al tiempo se separaron, pero con los años descubrí que jamás estuvieron juntos.
Así pasaban los años. Él cambiaba de casa, de banda, de estado civil y de trabajo. Fue peluquero de mascotas, chofer de una ambulancia, D.j., repartidor de golosinas, bombero voluntario. Nos veíamos de vez en cuando, mientras yo trataba de enamorarme de otros tipos que iba conociendo. No hubo novio al cual no engañara con D. Incluso a N., que taaaan bien me trataba, le planteé terminar la relación porque ya no soportaba sentir que D. estaba al otro lado de la cama.
Era como un tornado. Pasaba por mi vida con tal ferocidad, que luego quedaba todo destruído. Y nunca podía decirle que no, nunca podía resistirme a un encuentro con él. Lloraba, lo deseaba, pensaba en él hasta casi desvanecerme. Como aquella noche, en las épocas que salía con S. y colaboraba en el centro cultural, se apareció detrás de la barra para darme un beso de película y salir corriendo. No hacía otra cosa que brillar por su ausencia. Aparecía y desaparecía. Cada vez que me proponía olvidarlo, me lo cruzaba por la calle o se le ocurría visitarme. Sufría. Sufría odiando que si soñaba con él, al otro día me llamara por teléfono en el mismo instante que se me cayera el plato o se quemara una lamparita. Sufría odiando creerle cada vez que me prometía empezar una relación. Pero después me dejaba colgada, esperando una llamada o plantada en una esquina. Se excusaba con alguna cosa... con su ex mujer que le hacía quilombos... con un incendio que lo sorprendió... con un amigo que lo necesitó de urgencia... Así se fue convirtiendo en el Bombero Loco, aquel que prometía rescatarme en brazos por una ventana, cada vez que estaba por prenderme fuego. Como la primera vez que hicimos el amor, tirados en un sillón viendo nuestros cuerpos flotar. Él estaba ahí, tan presente, tan dentro mío. Sus manos gigantes mapeando mi cuerpo, y pude ver, por segundos, todas mis vísceras arder.
Con el tiempo todo fue cambiando. Yo me mudé a capital y creí que nos habíamos perdido rastro para siempre. Pero no. Él me había estado buscando y un día me vio mientras dejaba galletitas en el kiosco de la vuelta. Conoció el departamento y relato va, relato viene, mi novio L. estaba en Corrientes definiendo su relación amorosa a distancia. Y sí, otra vez el bombero dándome fuego.
Tiempo después sus amigos tocaban a la vuelta de mi casa. Yo estaba –una vez más- mal de amores. Me hizo reiki mientras le contaba que había terminado mi relación con H. Pensé que estábamos siendo amigos, de esos que se aconsejan sobre el amor con otros, cuando me sentí nuevamente atraída por él. “Sos la primera persona que conozco que se excita con esto” me dijo mientras queríamos conservar la cordura. Así que mientras se ponía la campera yo me desnudaba ofreciéndome toda. A ver la banda fuimos. Pero volvimos pronto para dormir juntos, muy juntos.
Al tiempo me recibí y lo invité a la fiesta. Fue la primera vez que amigos míos pudieron confirmar su existencia. Hasta el momento el bombero loco era casi una leyenda... un personaje de esos que hacen historia sin que nadie los vea. Hasta aquí. Esa noche. D. estaba, vivía, respiraba y se reía como una persona más. Quizás por eso es que me llené de miedo y por mucho tiempo no quise saber nada más de él. No fue el miedo a enamorarme ni a quererlo... sino quizás el verlo tan real.
Lo último que recuerdo de él, es una sensación rara, una mezcla de amor y miedo, casi inefable de que dejara de ser tan fantástico, casi mitológico. Porque esa sería la verdadera manera de perderlo a este personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces: perderlo como tal. Perderlo como personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces.... perderlo como tal... y entonces perderlo como personaje mágico que pasó por mi vida tantas veces... perderlo como tal.
1 comentario:
guau que historiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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