4/11/2007

B. (de BUENO)

Ahí estaba él. Del otro lado de la puerta pidiéndome, en definitiva, que lo tratara mal.
Con su mirada deshausiada, desorientada por mi reacción, preguntándome si era por algo que él había hecho, diciéndome que era bonita y que quería volver a verme. “no! mañana no” le respondí casi espantada. “otro dia... otro día. Hablamos”.

Por supuesto que él no había hecho nada malo. Sólo que me dí cuenta que no se puede, _aunque uno se esfuerce intentándolo_ hacer que alguien te guste si no te gusta.
B. de Bueno me había caído bien. Era simpático, lindo y atento. Licenciado en Letras, 28 años, rubio de barba como me gustan a mí. Pero no me gustaron sus besos. Fue eso. Eso.
La otra tarde cuando lo ví tras los tambores uruguayos, supe que no me generaría ningún tipo de sentimiento erótico. A pesar de ello, acepté encontrarme días después para conocerlo. Compartimos pizza y cerveza, lo ideal para una primera salida. Lo que no le conté, en la extensa charla, es que en esa misma pizzería había desayunado con E. el día que nos sacamos sangre. Tampoco que H., mi ex, vivía a la vuelta. Pero no. Su forma de besar parecía prometerme algo que nunca llegaba. Su boca, tan suave, no lograba alimentar lo que apenas me despertaba.

Los besos que me gustan son esos que pueden contener, apretar, atrapar al otro... casi comérselo. A una mujer (o por lo menos a mí) le gusta que el otro la tome fuerte por la cintura, la desarme a besos...le haga perder el control.

B. apenas apoyaba sus labios en los míos, parecía besarse él mismo contra mi boca.
Como que no me llegaba, no me llenaba, no terminaba de excitarme del todo.
Le dije que me tenía que acostar temprano, que ya era tarde y prefería volver a mi casa. Todos sabemos que si realmente el tipo me hubiese gustado, no hubiesen importado ni la hora, ni la rutina, ni el día posterior; y me hubiese sentido más bien libre, entusiasmada y con aquella sensación de verano. Bueno, ¿eso? no pasó ni de lejos.
Me acompañó en un taxi que él mismo pagó. (pobre, quiso apostar...) Me pidió pasar al baño diciendo que luego se iría caminando hasta su casa. Lo dejé, pero después empezó a besarme y yo _un poquito_ me dejé llevar. Ahí pensé que podríamos tener sexo, total... ya vendrían besos más audaces. Pero no. Yo cada vez tenía más sueño y empezaba a arrepentirme de que estuviera en mi cama y a esta altura, desnudo frente a mí.
“Bueno, sólo dormimos si querés...” me dijo; y en un primer momento me pareció posible. Pero después quiso abrazarme y decirme que era linda. Hasta que no soporté más. Ya no quería tocarlo, cruzarme con un pelo, un grano, una cicatriz... y menos que se metiera en mi cama sin calzón. No iba a poder dormir tranquila mientras ese extraño repugnante estuviese en mi cama!!
Yo no quería coger. Tampoco iba a poder dormir . Y ya me daba náuseas su saliva en mi cuello. Primero le pregunté si se iba a quedar sólo un ratito, después si se iba ahora mismo, y terminé por pedirle que se vistiera rápido.
Bajé a abrirle y su cara estaba desencajada. En silencio. Confundido. Totalmente desorientado. Me dijo que le parecía un poco brusco, a lo que yo agregué que en realidad él solamente iba a pasar al baño, que el resto se fue estirando... pero yo le había aclarado que necesitaba dormirme temprano..y zaraza zaraza...

¡Pobre chavón! Sólo pude decirle que a veces es lo que uno trae encima, que no es por lo que el otro haga o no haga. Nunca entendió. Pero bueno... ¡¿Cómo explicarle que en realidad todo fue un esfuerzo de mi parte, que fue porque me siento sola, que no me gustaron sus besos y que lo único que me producía su ternura era rechazo?! Acaso alguien ¿podría desear a otro cuando se muestra tan pero tan disponible?. Porque en definitiva, lo que hizo el pibe desde el principio, fue entregarse. Y dudar: de que le diera el teléfono, de que lo atendiera, de que me quisiera encontrar con él... y tanta duda me recuerda a mí y a mi lado más patético. A esas tantas veces que me pongo demandante, ansiosa, romántica, pesada, garrapata e insegura.
Pude verme en espejo a mí misma. Pude verlo como me ven los otros cuando mendigo cariño y les digo... “pero me vas a llamar?, en serio querés quedarte?, de verdad querías venir?, pero viniste porque quisiste...o porque me tenés lástima?!!! Y etcétera etcétera.
Eso jamás, ja-más, podría producir deseo en el otro. Sólo rechazo, asco, incomodidad.
Parecía sentirse culpable e insistía en volver a vernos. Como yo. Cuando el otro me saca cagando, no me da bola y yo casi le pido por favor que me siga rechazando.
¿Cómo explicarle, a este pobre muchacho, que le tuve miedo, que fui ambigua por miedo a que se enojara, que se quisiera vengar, que se volviera loco o algo así... que fuera a violarme, robarme cosas o mirar en mis cajones?!!! Porque siempre la que está en peligro soy yo. Porque es mi casa, donde están mis cosas, donde después tengo que dormir. Que temí que reaccionara con violencia, porque siempre el otro corre con ventaja, como si tuviese un arma (está armado) o algo así. Porque el otro es más fuerte, es un hombre (¿porque el otro tiene pito?) Entonces el otro es un hombre, tiene pito, una pistola y podría usarla contra mí que estoy des-armada, indefensa, sola y sin pito.
El podría enojarse, podría pegarme, o apuntarme y disparar... su semen!!! Oh, que horroor!!
¿Qué haría yo en medio de tanto peligro? ¿Cómo defenderme de un tipo tan pero tan tierno que me pide más... be-si-tos?

Así que lo eché. Sí, lo eché. Cerré bien la puerta, cambié las sábanas, me bañé, confirmé que no faltara nada; y eliminé todo indicio de que alguna vez esto hubiese podido suceder.

1 comentario:

Anónimo dijo...

a veces las cosas se dan de una manera que nos sorprenden....que bueno es no dejar nunca de sorprenderse!!!!!!!!!!!!!!
bull.